Anormalmente normal



La primera vez que hubo algún indicio, alguna señal de aquella extraña relación (si es que algún día se pudo considerar como tal) fue un Jueves por la tarde.
Las ventanas del despacho de Carlos eran alargadas y, desde ellas podías tener una panorámica global del parque de la universidad. La vista alcanzaba desde las escaleras que daban paso a las primeras aulas, hasta el pórtico de piedra que, junto a un camino terroso conducía al bosquecillo de las rosas amarillas que tanto me gustaba.

Mi última clase había acabado hacía ya una hora y media. Él la impartía. Todavía tengo un recuerdo muy claro de Carlos. Me da la impresión de que si cierro los ojos, puedo incluso sentir su presencia, su energía. Es como si, aunque lleve años sin verle, una parte de él se haya enganchado a mi de una forma desgarradora a la par que inevitable.
De todas formas, estoy segura de que no ha cambiado ni una pizca, de que sigue luciendo un pelo ni corto ni largo, desbaratado, unas gafas demasiado grandes para su rostro fino, una barba descuidada y una mochila casi más grande que él, llena de cosas tan inservibles como fascinantes.
Yo era más alta que él, lo cual debía de haber supuesto un impedimento para lo que fuera que tuvimos. Las chicas no nos fijamos tanto en los hombres de menor estatura a la nuestra. Está más o menos comprobado. Eso dice la gente.

Lo cierto es que del proceso que transcurrió desde que comenzó a darme clase, hasta aquellas tardes en su despacho hablando de libros, películas y demás artes no puedo ofreceros ni un vago resumen. No se trata de que no lo recuerde. Tampoco de que lo vea emborronado o difuso. Simplemente fluyó de un modo tan natural, tan idóneo, tan fuera de la anomalía, que mi cerebro no debió considerarlo lo suficientemente especial o digno de mención, mezclándolo con el resto de recuerdos insulsos de mi cotidianidad más mundana y poco interesante.
“Normal”. Quizás la palabra que mejor defina esta especia de ligadura que nos mantuvo atados casi cuatro años. Todo ocurrió dentro de una normalidad tas aplastante que, aunque a nosotros no nos alteró lo más mínimo, como espectador ajeno creo que supondría una consternación lógicamente atroz.

Caminando por el despacho me apoyé en una da las estanterías de caoba, situadas justo debajo de uno de los inmensos ventanales. Debí de quedarme ensimismada mirando hacia fuera porque no percibí a Carlos hasta que su cercanía hizo su presencia más que evidente. Tenía la misma postura que yo. También miraba por la ventana.
Cuando me di cuenta que estaba a mi lado le miré. Él me miró también en respuesta y esbozó una sonrisa. No enseñó los dientes, sólo sonreía. Cuando Carlos sonríe, la parte izquierda de sus dos labios se eleva levemente más que la derecha.
No se trató de un momento excesivamente significativo. No se detuvo el tiempo, ni sentí mariposas en el estómago. Tampoco me excité. Como ya he dicho, todo con él se presentaba radicalmente normal.
Seguido de la sonrisa vino el primer beso. Carlos y yo nos acercamos y nos besamos en los labios de un modo corto y espontáneo. Seguidamente entrelazamos nuestros brazos detrás de nuestras espaldas y giramos nuestras caras hacia la ventana para seguir contemplando la vista. Fue como si llevásemos juntos mil años. La clase de conducta típica de una pareja casada o de una relación bien afianzada. Después, sin movernos de la ventana, hicimos el amor.

Así fue nuestro primer beso, nuestro primer encuentro, nuestro primer todo. Y lo que siguió fue la repetición constante de este todo. Un eco esperanzador. Una felicidad inconsciente pero casi palpable. La tranquilidad acogedora de poseer a alguien a todos los niveles imaginables. La bendita ignorancia de un deterioro que resultó inminente.
Así fue. También de un modo muy normal destruimos juntos lo que un día construimos, y, sin apenas darnos cuenta nos alejamos el uno del otro para siempre. Ni siquiera hubo despedida… al igual que tampoco recuerdo presentación.
Se acabó. Estuvo bien claro que se acabó.

Cada uno de nosotros volvió a la vida que tenía antes de aquella tarde de primeras caricias, a la vida que irremediablemente nos esperaba en casa cuando salíamos de las paredes de la universidad. La misma vida de siempre, sólo que sin la dulce evasión que supuso aquel pequeño affaire.
Sin embargo, resulta curioso, incomprensible, que lo que en su día fue tan pasajero y fatuo, lo que yo consideré tan insustancial, me haya perseguido todos los días de mi vida. En vano trato de plasmarlo en un papel para poder deshacerme de la sombra que Carlos dejó en mi, para poder olvidar el número escrito en la puerta de su despacho. Aún hoy, algunas de las tardes de mi vida, me desplazo sigilosa hacia la ventana y miro por ella. Entonces me quedo ahí un rato. Busco algún vestigio de rosas amarillas, de pórticos empedrados, de tierra en el suelo o a algún estudiante despistado. Busco, busco sin consuelo a aquella chica apoyada en las pequeñas estanterías, a aquella muchacha que no se dio cuenta de que un hombre se acercaba hacia ella, y que ahora cierra los ojos con un deseo ferviente de volver a vivir el instante en el que sintió súbitamente su presencia.



Comentarios